Te escribo estas líneas desde un pequeño bosque en medio del ardiente y profundo mar, en el cual los árboles, como las ceibas y nogales brindan extrañas formas cuando la luz lunar se filtra entre sus hojas. Así se puede contemplar al extender la mano puntitos blancos que se posan en la piel simulando el cielo estrellado.Intempestivamente el viento cálido corre entre la hierba jugueteando con los insectos de aquí para allá; no hay mejor momento para recostarse entre las piedras, respirar hondo y sentir las noticias de lugares distantes e inexplorados, los Anemois vienen escoltados posteriormente por los grandes viajeros grises que ocultan la luna con sus brazos dispuestos a descargar sus penas y tristezas en la tierra y no tardan demasiado en cumplir sus amenazas; maravillosamente sus dolores del alma hacen brotar de la tierra la vida misma, pequeñas flores de colores rojo, violeta, azul y amarillo inundan el horizonte con sus fascinantes olores. El bosque se torna frío y lúgubre, fantasmalmente aparece una sombra, al principio amorfa, bien podría ser la de un estoraque o el tronco de un árbol muerto; pero poco a poco surgen largas extremidades, se define una cintura, senos, un cuello y una cabeza, presuroso trato de acercarme hacia esta, pero la luna engaña mis ojos que guían mis pasos; lo intentó varias veces corriendo desesperadamente tal movimiento browniano, pero es imposible no puedo hallar aquella silueta. Desde entonces espero que Chia en su máximo esplendor la conjure ante mi nuevamente, para que la noche se haga perpetua y podamos disfrutar sin el vertiginoso tiempo, de las estrellas en nuestra piel.

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